Las algas son un problema en cualquier instalación: dan un aspecto verdoso a la piscina y turbio y producen una sensación muy desagradable. Lo que permite que estos organismos vivos proliferen son diversos factores de diferente índole.

Niveles de pH altos por encima de 7,8 cuando los niveles de cloro están bajos o son insuficientes es una de las causas, pero también pueden influir aspectos ambientales como el viento, la lluvia o las corrientes de polvo del Sáhara, que contienen un alto nivel de fósforo.

Si la piscina se encuentra muy cerca de césped, árboles u otras plantas, también suelen aparecer las algas, así como con las altas temperaturas, que favorecen su crecimiento. Un insuficiente reciclado del agua, es decir, si no la filtramos el suficiente número de horas, también puede influir en la aparición de estos componentes.

Los fosfatos son la principal comida de los organismos vegetales, y en jardines encontramos productos tan comunes como el abono que contienen gran cantidad de dichas sustancias. Y para las algas, los fosfatos son sus principales vitaminas.

El cómo llegan hasta la piscina no es descabellado: si abonamos el césped y éste libera fosfatos, estos pueden alcanzar a la piscina como resultado del efecto del viento, con restos depositados en hojas u otros residuos vegetales que depositados en el agua pudieran contribuir a su aparición.

Si quieres saber si tienes fosfatos en el agua, en el mercado existen sistemas simples de análisis con tiras reactivas que permiten su detección fácilmente. Se recomienda que su nivel no sea superior a 25 ppb (parte por billón).

 

 

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